Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.

Hay tiempos de escasez en los que debemos aprender a esperar en Dios, agradecer por lo poco que tenemos y seguir confiando, aun cuando la tentación de rendirnos sea muy fuerte. Es precisamente en esos momentos difíciles cuando podemos ver la mano de Dios sosteniéndonos, proveyendo para nuestras necesidades y recordándonos que nunca nos abandona.

Pero también existen tiempos de abundancia. Y aunque parezcan más fáciles, pueden convertirse en un peligro para nuestra vida espiritual. La prosperidad puede distraernos, desviar nuestra mirada de Dios y llevarnos, sin darnos cuenta, a confiar en nuestras propias fuerzas. Entonces comenzamos a pensar que todo lo que tenemos es resultado exclusivo de nuestro esfuerzo, olvidando que cada bendición proviene de la gracia de Dios.

Por eso el apóstol Pablo escribió en Filipenses 4:12:

«Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad.»

Debemos aprender a caminar con los ojos puestos en Cristo. Aprender a vivir humildemente cuando sea necesario y tener la madurez espiritual para manejar la abundancia sin alejarnos de Él. No siempre es fácil. Hay momentos en los que las necesidades parecen tan grandes que sentimos que todo se derrumba a nuestro alrededor y nos cuesta ver la gracia de Dios obrando en nuestra vida.

Sin embargo, incluso en los días más oscuros, Dios sigue siendo fiel. Y cuando la vida parece sonreírnos, también debemos mantener los pies sobre la tierra y recordar que todo lo que somos y todo lo que tenemos es resultado de Su gracia y misericordia.

Hoy recuerda:

La escasez no significa que Dios te ha abandonado, y la abundancia no significa que ya no lo necesitas.

Mantén tu mirada en Cristo en cualquier circunstancia, porque al final la verdadera fortaleza no proviene de nosotros mismos, sino de Él.

«Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.»
Filipenses 4:13

Aceptados en el Amado: La seguridad de ser hijos de Dios.

Es interesante que en Efesios capítulo 1 Pablo primero nos habla de que Dios nos adoptó como hijos, y luego afirma que nos hizo aceptos en el Amado. No son conceptos aislados; están profundamente conectados.

¿Quién conoce mejor el dolor del rechazo que aquel que ha sido rechazado por sus propios padres? La inseguridad que puede surgir cuando falta la aceptación de quienes debían amarnos puede marcar profundamente la vida de una persona. Sin embargo, Dios ocupa ese lugar y utiliza la imagen de la adopción para mostrarnos su amor. Un buen padre no rechaza a sus hijos; los recibe, los protege y les da seguridad. Por eso, sentirnos aceptados por Dios transforma nuestra identidad.

Es hermoso saber que Dios me llama a buscarle y a creer en Él. En ese momento, acostumbrado quizás al rechazo, podría decir: «Señor, no sabes quién soy. No tengo nada que ofrecerte. Otros me rechazaron, otros no vieron nada bueno en mí». Pero Dios responde: «Yo te amo. Eres tan importante para mí que estuve dispuesto a pagar un gran precio por ti. Hoy soy tu Padre. Te he adoptado y ahora eres aceptado».

¡Qué maravillosa verdad! Ser aceptado por el Dios del universo, el Rey de reyes y Señor de señores, me da seguridad frente a un mundo que constantemente intenta definir mi valor o rechazarme por no ser como los demás.

Dios sabe que somos imperfectos. Por eso la Escritura no dice que somos aceptados por nuestros méritos, sino que somos «aceptos en el Amado». Cristo es quien ocupa nuestro lugar. Él es quien estuvo dispuesto a pagar nuestra deuda. Sabe que nosotros no teníamos con qué hacerlo, pero aun así decidió rescatarnos.

Por eso podemos vivir confiados. Al final, no se trata de nuestra capacidad, nuestra fuerza o nuestros logros. Se trata de Cristo y de su obra perfecta. Nuestra aceptación delante de Dios descansa en lo que Él hizo por nosotros, no en lo que nosotros podemos hacer por Él. Esa es la seguridad del creyente: hemos sido adoptados, redimidos y aceptados en el Amado.

Dios te ve por lo que puedes llegar a ser

Imagina que trabajas en una empresa y que uno de los gerentes ve algo especial en ti. Reconoce que aún te falta experiencia, que necesitas aprender muchas cosas y que cometerás errores en el proceso. Sin embargo, también ve tu potencial. Cree que, si te da una oportunidad y no la desperdicias, podrías llegar muy lejos.

Tú agradeces esa oportunidad porque sabes que podría ser la más importante de tu vida. Quieres dar lo mejor de ti, aunque a veces fallas porque todavía estás aprendiendo. A pesar de ello, tu jefe te corrige con paciencia, perdona tus errores y te ayuda a superar tus deficiencias. Lo único que te pide es que no renuncies, que permanezcas firme y que continúes esforzándote para llegar a ser el profesional que él sabe que puedes llegar a ser.

Ese es un hermoso ejemplo de lo que Dios hace con nosotros.

Dios nos llama santos. Nos aparta para Él. Y muchas veces, como cristianos, nos preguntamos cómo Dios puede ver algo bueno en nosotros. La respuesta es que Él no nos mira solamente por lo que somos hoy, sino por lo que podemos llegar a ser en Cristo.

Ser santo significa haber sido apartado para Dios. Ser fiel significa ser constante, perseverante y digno de confianza. Dios no te pide que seas una persona extraordinaria de la noche a la mañana. Lo que te pide es que no te rindas, que permanezcas cerca de Él, que seas constante y que sigas adelante aun cuando tropieces. Él mismo se encargará de transformarte en la persona que ha planeado que seas.

Por eso, en Efesios 1:1, Pablo dirige su carta a «los santos y fieles en Cristo Jesús». Observa que no dice solamente «santos y fieles», sino «santos y fieles en Cristo Jesús». Esa es la clave. No se trata de lo que podemos lograr por nuestras propias fuerzas, sino de lo que Dios puede hacer en nosotros cuando permanecemos unidos a Cristo.

Quizás has fallado. Quizás te has equivocado muchas veces. Pero no te des por vencido. Dios sigue viéndote como alguien que apartó para Sus propósitos.

Tal vez tú digas: «Señor, yo no puedo».

Y Dios responde: «Yo sé que tú solo no puedes, pero conmigo sí puedes. Permanece fiel y sigue intentándolo de mi mano».

La fidelidad no significa nunca caer. La fidelidad significa levantarse cada vez que caes, sacudirse el polvo y continuar caminando. Significa seguir confiando en Dios cuando las fuerzas parecen acabarse. Él siempre está extendiendo su mano para ayudarte a seguir adelante.

Quizás hoy piensas que no eres quien deberías ser. Pero Dios es Aquel que llama las cosas que no son como si fueran, porque tiene el poder para convertirlas en realidad. Él ve en ti mucho más de lo que tú mismo puedes ver.

No te rindas. Dios aún está obrando en tu vida.

La incertidumbre de este mundo

Vivimos en un mundo lleno de incertidumbre. Vemos injusticias, dolor, inseguridad, enfermedades y dificultades. A veces parece que todo puede cambiar de un momento a otro y que aquello en lo que confiábamos desaparece.

Pero en medio de esta realidad, Dios nos ha dado algo que este mundo no puede quitar.

Efesios 1:3 dice:

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo.»

Hoy quiero recordarte dos de esas bendiciones que pueden darte esperanza y firmeza en medio de cualquier situación.

La primera es que Dios te eligió.

Efesios 1:4 dice que Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo. Antes de que existieran los cielos, la tierra o la humanidad, Dios ya te conocía y te amaba.

Aunque el pecado ha llenado este mundo de sufrimiento, el amor de Dios nunca cambió. Él sabía de nuestras caídas y aun así preparó un camino de salvación por medio de Jesucristo.

Jesús entregó su vida para perdonar nuestros pecados y reconciliarnos con Dios. Eso significa que tu vida no es un accidente. Dios tiene un propósito para ti.

La segunda bendición es que Dios te adoptó como hijo.

Efesios 1:5 nos enseña que, por medio de Jesucristo, Dios nos recibió en su familia.

No se trata solamente de que Dios tenga buenos sentimientos hacia nosotros. Él nos llama hijos.

Y cuando eres hijo de Dios, nunca estás solo.

Las personas pueden fallar. Las circunstancias pueden cambiar. Lo que hoy parece seguro mañana puede desaparecer.

Pero tu Padre celestial permanece para siempre.

Él sigue siendo fiel cuando todo lo demás es inestable. Él sigue cuidando de ti cuando las fuerzas se terminan. Él sigue cumpliendo sus promesas cuando el mundo decepciona.

Por eso, recuerda esta verdad: todo en esta vida es pasajero, pero Dios permanece para siempre.

Si has puesto tu fe en Jesucristo, tienes algo más firme que cualquier cosa que este mundo pueda ofrecerte.

Tienes el amor de Dios, el perdón de tus pecados y el privilegio de ser llamado hijo del Rey de reyes.

Porque aunque todo cambie a tu alrededor, Dios sigue siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos.

Lo que más necesitas hoy: Gracia y Paz

¿Te has dado cuenta de que cuando le hablas de Cristo a un preso, a una prostituta o a una persona atrapada en las drogas, muchas veces ellos son conscientes de su condición? Saben que han cometido errores y que, por sí mismos, no merecen nada de Dios. Reconocen su necesidad de ayuda y de misericordia.

Sin embargo, cuando hablas con algunas personas ocurre todo lo contrario. Creen que merecen todo de Dios y de la vida porque se lo han ganado. Piensan que sus logros, su inteligencia, su atractivo, su riqueza o su aparente bondad les dan cierto derecho delante de Dios.

Pero la realidad es que todos necesitamos dos cosas para vivir una vida plena: gracia y paz.

La gracia es un regalo inmerecido. Para disfrutar de la gracia de Dios, primero debemos reconocer que no podemos ganarla ni merecerla. No importa quién seas o cuánto bien creas haber hecho. Tal vez seas una mejor persona que yo en muchos aspectos, pero cuando nos comparamos con la perfecta justicia y santidad de Dios, todos quedamos expuestos. Todos descubrimos que lo necesitamos desesperadamente. Necesitamos que Dios tenga misericordia de nosotros.

Y cuando entendemos quiénes somos realmente, surge algo difícil de soportar: la culpa. No tenemos paz con nosotros mismos. Miramos nuestro pasado y vemos nuestras faltas, nuestros fracasos y nuestras heridas. Aun cuando recibimos la gracia de Dios, muchas veces seguimos luchando con la ansiedad, el temor al futuro o las preocupaciones del presente que nos quitan el sueño.

¿Te imaginas lo hermoso que sería vivir cada día con gracia y paz?

Déjame decirte algo: la gracia de Dios y la paz de Dios son dos de las mayores necesidades de tu vida hoy. La gracia te recuerda que eres amado aun cuando no lo mereces. La paz te recuerda que estás en las manos de Dios aun cuando no entiendes lo que está pasando.

En Efesios 1:2, Pablo saluda a los creyentes diciendo:

«Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.»

Ese es también mi deseo para ti en este día: que puedas disfrutar de la gracia de Dios en tu vida y que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarde tu corazón y tu mente. Que descanses en Su amor, confíes en Su cuidado y experimentes hoy la gracia y la paz que solo Él puede dar.