Es interesante que en Efesios capítulo 1 Pablo primero nos habla de que Dios nos adoptó como hijos, y luego afirma que nos hizo aceptos en el Amado. No son conceptos aislados; están profundamente conectados.
¿Quién conoce mejor el dolor del rechazo que aquel que ha sido rechazado por sus propios padres? La inseguridad que puede surgir cuando falta la aceptación de quienes debían amarnos puede marcar profundamente la vida de una persona. Sin embargo, Dios ocupa ese lugar y utiliza la imagen de la adopción para mostrarnos su amor. Un buen padre no rechaza a sus hijos; los recibe, los protege y les da seguridad. Por eso, sentirnos aceptados por Dios transforma nuestra identidad.
Es hermoso saber que Dios me llama a buscarle y a creer en Él. En ese momento, acostumbrado quizás al rechazo, podría decir: «Señor, no sabes quién soy. No tengo nada que ofrecerte. Otros me rechazaron, otros no vieron nada bueno en mí». Pero Dios responde: «Yo te amo. Eres tan importante para mí que estuve dispuesto a pagar un gran precio por ti. Hoy soy tu Padre. Te he adoptado y ahora eres aceptado».
¡Qué maravillosa verdad! Ser aceptado por el Dios del universo, el Rey de reyes y Señor de señores, me da seguridad frente a un mundo que constantemente intenta definir mi valor o rechazarme por no ser como los demás.
Dios sabe que somos imperfectos. Por eso la Escritura no dice que somos aceptados por nuestros méritos, sino que somos «aceptos en el Amado». Cristo es quien ocupa nuestro lugar. Él es quien estuvo dispuesto a pagar nuestra deuda. Sabe que nosotros no teníamos con qué hacerlo, pero aun así decidió rescatarnos.
Por eso podemos vivir confiados. Al final, no se trata de nuestra capacidad, nuestra fuerza o nuestros logros. Se trata de Cristo y de su obra perfecta. Nuestra aceptación delante de Dios descansa en lo que Él hizo por nosotros, no en lo que nosotros podemos hacer por Él. Esa es la seguridad del creyente: hemos sido adoptados, redimidos y aceptados en el Amado.
Leave a Reply