Vivimos en un mundo lleno de incertidumbre. Vemos injusticias, dolor, inseguridad, enfermedades y dificultades. A veces parece que todo puede cambiar de un momento a otro y que aquello en lo que confiábamos desaparece.
Pero en medio de esta realidad, Dios nos ha dado algo que este mundo no puede quitar.
Efesios 1:3 dice:
«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo.»
Hoy quiero recordarte dos de esas bendiciones que pueden darte esperanza y firmeza en medio de cualquier situación.
La primera es que Dios te eligió.
Efesios 1:4 dice que Dios nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo. Antes de que existieran los cielos, la tierra o la humanidad, Dios ya te conocía y te amaba.
Aunque el pecado ha llenado este mundo de sufrimiento, el amor de Dios nunca cambió. Él sabía de nuestras caídas y aun así preparó un camino de salvación por medio de Jesucristo.
Jesús entregó su vida para perdonar nuestros pecados y reconciliarnos con Dios. Eso significa que tu vida no es un accidente. Dios tiene un propósito para ti.
La segunda bendición es que Dios te adoptó como hijo.
Efesios 1:5 nos enseña que, por medio de Jesucristo, Dios nos recibió en su familia.
No se trata solamente de que Dios tenga buenos sentimientos hacia nosotros. Él nos llama hijos.
Y cuando eres hijo de Dios, nunca estás solo.
Las personas pueden fallar. Las circunstancias pueden cambiar. Lo que hoy parece seguro mañana puede desaparecer.
Pero tu Padre celestial permanece para siempre.
Él sigue siendo fiel cuando todo lo demás es inestable. Él sigue cuidando de ti cuando las fuerzas se terminan. Él sigue cumpliendo sus promesas cuando el mundo decepciona.
Por eso, recuerda esta verdad: todo en esta vida es pasajero, pero Dios permanece para siempre.
Si has puesto tu fe en Jesucristo, tienes algo más firme que cualquier cosa que este mundo pueda ofrecerte.
Tienes el amor de Dios, el perdón de tus pecados y el privilegio de ser llamado hijo del Rey de reyes.
Porque aunque todo cambie a tu alrededor, Dios sigue siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos.
Leave a Reply